de”Cuchara,
tenedor y cuchillo”
Miroslav
Scheuba nos convida acá con los más suculentos, picantes,
sorprendentes e incitantes sabores, texturas y colores, basados en
platos-palabras prolijamente dispuestos por orden alfabético. Del
amaranto
a
los zapotes
y zapotillas,
Miroslav despliega su metafórico menú y con un paso extra de buen
equilibrista sobre la cuerda floja, titula con los signos que más
nos interpelan hoy en día –pesos, numeral, arroba– una breve
crónica de los estimulantes vahos o el recuerdo de ellos que quizá
lo acompañaron en el momento de trasladar las recetas de la marmita
de su cacumen a la bandeja de la microliteratura en una degustación
plena de exultante variedad.
Pero
su munificencia no se limita a los textos. También nos brinda los
instrumentos, implementos o herramientas –extrañamente llamados
“cubiertos”– que empleó para preparar su sabroso menú. A
saber :
La
cuchara para no desperdiciar ni la más mínima gota de jugo
significante.
El
tenedor para pinchar cada palabra aromática y precisa, cazándola al
vuelo.
El
imprescindible cuchillo para cortar por lo sano y mantener estos
escritos “eróticos, gastronómicos y despiadados” dentro del
rigor impuesto por la muy demandante microficción misma, la que
puede ser considerada la nouvelle
cuisine
de la
narrativa.
Luisa
Valenzuela
Las letras fueron palabra
y relato. El placer que nace en los labios, madura en la boca y
eclosiona en todo el ser, fue capturado por Miroslav Scheuba en sus
treinta figuras literarias, más una yapa ciberespeciada que quiso
tener también su sabor. El poeta aguzó su ingenio erótico para
describir las formas de ciertos elementos, adjetivó e hizo metáfora,
se regodeó en los nombres de la materia. Las letras bailaron su
música, susurraron el ingrediente perverso que acompaña algunos
festines del cuerpo, no le temió al sarcasmo y su gula fue codiciosa
e insaciable. Por ahí, entre deleites culinarios se le deslizó el
nombre de un postre: isla flotante. No, Miroslav, inventemos una mesa
de postres, para verdaderamente flotar. Polvo de seda, suspiros
dulces, lechecilla, mamones, memelitas de horno, bigotes de
bien-me-sabe, ponteduro de plátano, huevos reales, panochitas,
camote enmielado, jamoncillo de leche, besitos, novias, reinas,
vinito con miel de hormiga, chongos, cochinitos, lechitas, limones
rellenos, delicias todas de la dulcería mexicana. Y, para terminar,
un café o un chocolate con un rompope de almendras, ese clásico
licor de huevo en Argentina. Le dejo a usted Miroslav, la inquietud
por averiguar cómo hacer estas delicias para después narrarlas.
Tununa Mercado
AMARANTO
Cuando
nuestra abuela materna quedó viuda, se buscó un marido más joven y
francés; tener una buena calidad de vida sexual era muy importante
para ella. Sin embargo, después de un año de matrimonio, Galo
comenzó a fallar. Mamina no se desesperó, se sabía buena cocinera,
arte que le permitiría solucionar el asunto a la brevedad. El
francés bien alimentado iba a mejorar, en caso contrario, estaba
decidida volver a enviudar. Alguien le había hablado maravillas del
amaranto andino, también conocido como amaranto inca o Kiwicha, un
pseudo cereal que contiene más vitaminas y proteínas que la soja y
que bien remojado, cocinado con caldo de carne y un bouquet garni
serviría como un buen disparador espermatozoico. Fue así como
comenzó a preparar tres veces por semana el plato libidinoso que los
lunes era servido con apio y almendras tostadas; los miércoles, con
nueces, polen y jalea real; y los viernes, acompañado de aceitunas y
queso roquefort. La noche del primer sábado la dieta dio buenos
resultados, no así el segundo, donde todo se vino abajo por más
amaranto amorosamente preparado. Era probable que la fama de la dura
y pequeña semilla, que es muy consumida en China, desde el punto de
vista afrodisíaco fuera una leyenda más.
Ese
junio fue uno de los meses más aburridos de su vida y entonces,
Mamina decidió, como dicen los franceses, cambiar las ideas y en
julio “pour
changer les idées”
viajarían a París. Nuestra abuela puso su libido en planificar el
viaje y la primera semana de ese julio movilizador pasó volando.
Cuando a media semana el francés le propuso practicar la lengua…
Mamina no abandonó su idioma y habló con Galo a calzón quitado:
los dos iban a esperar que llegara el 14 de julio para festejar esa
fecha francesa con un gran coitus
non interruptus
en la ciudad luz. Nada fue dejado al azar y hasta en su necessaire
de viaje todo estaría previsto, ya que amén de los remedios
habituales como ácido acetilsalicílico para el dolor de cabeza,
lotaradina para los estornudos y loperamida para la corredera,
incluiría citrato de sildenafil para levantar la herramienta del
francés. En las calles parisinas la gran noche llegó con música,
bailes y desfiles. Gracias a la historia de Francia, Mamina y Galo
pudieron festejar en grande la Toma de la Pastilla.
CARBONADA
EN CALABAZA
En
la patriótica ciudad de San Miguel de Tucumán siempre hay música,
amor y trabajo. Las casi treinta señoritas que trabajaban en lo de
doña Molina estaban dispuestas a formar compañía de baile
folklórico y presentarse en el cabildo tucumano con número musical.
Era
principio de marzo y hasta el 9 de julio, tenían tiempo para
organizar la movida y ensayar gatos, chacareras y malambos. Ejercer
el oficio más viejo del mundo no les impediría salir airosas en el
desafío de presentar el proyecto a la Comisión de las Fiestas
Oficiales de la Gobernación de la Provincia de Tucumán. El pedido
en cuestión lo firmaron como trabajadoras sociales. Doña Molina,
que tenía el desmayo difícil, cuando supo que sus pupilas bailarían
frente a la Presidenta de la República el Día de la Independencia
durante el cumpleaños de la Patria, se puso pálida, le bajó la
presión y se desmayó. Cuando llegó la ambulancia, la doña se
despertó, volvió en sí y comenzó a dar órdenes. Vio en el
camillero y en el chofer de la ambulancia dos clientes con algo de
dinero y los hizo pasar para que fueran atendidos con descuento.
Belisario
Ledesma, ilustre rufián del Jardín de la República, patrón de la
doña y dueño del inmueble donde funcionaba el quilombo, también se
emocionó con lo del baile patriótico y prometió ayuda moral y
financiera a sus chicas federales. Así las llamaba porque habían
llegado desde de todas la provincias argentinas, aunque no pocas
habían venido engañadas y otras tantas, sin documentación, y las
menos, con pedido de captura o buscadas por el Departamento de
Investigaciones de Ministerio del Interior del Gobierno Nacional; no
obstante, para la policía tucumana, ellas no eran o no estaban.
Ledesma sabía moverse con dádivas, disimulo y cautela. Lo
importante era que no hubiera escándalos ni sangre para que el
negocio funcionara al servicio de la clientela.
En
abril las chicas ensayaban en el patio todos los lunes bajo la
dirección de un joven profesor de folklore a quien pagaban en
especie. El primer gran ensayo con público lo realizaron en la
localidad de Tafí del Valle a total beneficio de una escuela rural.
Ese lunes 25
de Mayo,
fecha patria y feriado nacional, fue un debut promisorio. Una de las
chicas de Buenos Aires había conseguido que un cliente generoso
pusiera a disposición del grupo un modesto ómnibus que las llevó y
las trajo de Tafí el mismo día. Otros clientes aportaron dinero
para pagar el combustible; y otros, las vituallas. En esa
presentación las chicas lucieron vestuario y calzado donado por la
señora del gobernador, amén de unas largas carteras hechas con el
mismo percal, prendas que al final del acto revolearon como sello
propio del rubro callejero. Alguien bautizó al grupo como “Las
chicas de los billetes”
y bajo ese nombre, en junio y a pedido de la gobernación volvieron a
presentarse ante un público expectante. El aplaudido evento se
realizó en la cárcel para festejar el Día
de la
Bandera.
La idea de adornar los vestidos con billetes de $ 50 y $ 100 fue de
la doña. Los clientes se entusiasmaron en aportar papel moneda y
hasta don Belisario colaboró en esa decoración.
El
gran día llegó con júbilo y como el espectáculo estaba marcado
para las 15 horas, a la una el cuerpo de baile ya estaba almorzando
una deliciosa carbonada preparada con carne de ternera, cebolla,
tomate, pimentón, papas, choclos, zanahoria y orejones de durazno,
plato que fue servido en calabazas, las que previamente habían sido
ahuecadas y cocinadas con algo de azúcar en el horno de barro que
estaba en el patio y donde también se habían preparado empanadas
tucumanas para el trayecto.
Una
de las pupilas se había agenciado una damajuana de vino riojano que
las puso más alegres que de costumbre. Sin tiempo para ninguna
siesta, a las dos de la tarde se subieron al transporte del amigo, el
que meses atrás las había acercado hasta Tafí del Valle. La doña
vestida de seda y enjoyada se sentó cerca del chofer para seguir
dando órdenes. En efecto, a los pocos minutos ordenó regresar a
casa para ir al baño. Unos espantosos dolores de vientre le avisaban
que los orejones de la carbonada querían salir galopando. –¡Que
nadie se baje!
fue la orden de la jefa que entró dando un portazo. Por la dosis de
laxante involuntariamente ingerido, doña Molina iba a estar sentada
un rato largo en el trono. Entonces, el bus en lugar de ir hacia el
cabildo patriótico se dirigió hacia Monteros, un pueblo no lejano
donde otro transporte, preparado para viajes de larga distancia,
esperaba a las pasajeras con parientes masculinos avisados de
antemano. Con destino a Buenos Aires, el ómnibus se llenó de
abrazos, lágrimas y besos que recibieron a las bailarinas fugitivas.
Después de kilómetros de alegría en la ruta, aún seguían
contando la película y antes de pegar un ojo para intentar dormir
algo, todavía tenían que enviar mensajes por teléfono, dar cuenta
de las empanadas, brindar con lo que tenían a mano y con todas esas
emociones juntas, entonar el Himno Nacional. En el Día
de la Independencia
y haciéndole honor a su nombre, ese 9
de Julio fue
un día de buen provecho,
el plan Calabaza
había funcionado: “Calabaza, calabaza, cada una pa’ su casa”.
VENERACIÓN
A LA VENEZOLANA
Joven,
a última hora de la tarde y en una playa solitaria, tienes que
enterrar en la arena una docena de ostras. Asegúrate de que no te
las robe la marea. Cuando ya estén todas las estrellas puestas en el
cielo, guardas en tu morral un pequeño y serio cuchillo y algunos
alegres limones. Pasas a buscar a tu capullo y la llevas hasta esa
playa solitaria porque te han dicho que unos piratas han estado
escondiendo unos pequeños cofres con joyas. Ella se reirá hasta que
encuentres las ostras. Entonces, abres una, le dejas caer unas gotas
de limón y se la acercas hasta sus labios.
.
XOCONOSTLES
A LA XALAPEÑA
Hijo
de una tuna azteca, el xoconostle en un tuno que pide azúcar para
bailar salsa en una fiesta de Xalapa donde pinchará a una
xoconostla.
ZAPOTES
Y ZAPOTILLAS
Es
increíble y asombrosa la inteligencia y el entusiasmo que ponen los
mexicanos para entrar y salir de las cárceles en carros de
lavandería, en muebles, valijas, barriles, ambulancias, ataúdes,
laberintos y hasta en un helicóptero pintado con los colores del
Regente de la ciudad que aterriza en el patio de la prisión, etc.
Hubo
una escapatoria bastante ruidosa y polvorienta que aconteció en el
Reclusorio Preventivo Varonil Norte que permitió que treinta
convictos
huyeran a los tiros. Cuando se investigó la balacera de la fuga, las
autoridades carcelarias comprendieron porqué las visitas de los
presos todas las semanas llegaban con abundante cantidad de variadas
frutas. Las armas habían estado entrando al penal en sandías y
melones, y las balas, con las vitaminas de las zapotillas y de los
zapotes negros, blancos y amarillos. Desde entonces, a la entrada del
reclusorio, un scaner los tiene siempre presentes con una nostalgia
frutal por colores, sabores y perfumes.
.
“$#@”
Gracias
haber sido invitado al congreso literario “Doscientos escritores,
doscientos temas”, pasé un fin de semana en Asunción, donde nunca
había estado; será por eso que a la ciudad la encontré bastante
cambiada. Un poeta paraguayo que no había terminado de conocer en la
Feria Internacional del Libro de Buenos Aires fue el responsable de
mi participación y ese viernes a la tarde me buscó en el
aeropuerto. Apenas nos dimos un abrazo, me puso en su auto y
velozmente me llevó al Gran Hotel. No pudimos seguir conversando
porque debía volver al aeropuerto a buscar más Nerudas y Neruditas
que venían desde Chile en el último vuelo desde Santiago. En el
hotel tuve tiempo para refrescarme y presentarme en el “Carmelitas
Center”
para la cena de bienvenida. Detesto la Edad Media y las monjas, pero
no encontré ninguna en el restaurante que era atendido por camareras
que trabajaban para el infierno.
Durante
las milanesas nos pusimos al día con el programa y aunque ya lo
habíamos recibido por correo, para nuestro mayor espanto, había
sido corregido y aumentado. Mesas redondas, charlas, paneles,
conferencias, presentación de libros y lecturas nos iban a
“evangelizar” como a los guaraníes en el siglo XVII.
Esa esclavitud no nos dejaría tiempo para visitar los lugares que
hubiéramos querido. Además, un amigo periodista gastronómico me
había preparado una lista de “imperdibles” donde podría probar
platos regionales. Corté por lo sano, me declaré católico y me
borré de una mesa de lectura que estaba pautada para el domingo a
las diez de la mañana bajo la excusa de tener que asistir a misa. La
ardua jornada del sábado nos volvió a todos protestantes y todavía
nos faltaba concurrir a la cena de gala en el restaurante “Le
Moustier,”
donde comeríamos como pecadores gourmet. Para no dormirme como un
budista, me bañé, me vestí y revisé mi correo por Internet. Allí
encontré un spam con un aviso de bocados típicos paraguayos con
entrega a adomicilio. Lo que probé lo dejaré para el final de este
microrrelato. El domingo amaneció lloviendo y estuve en la catedral
quince minutos, tiempo que en una iglesia con un dejo jesuítico
equivale a una larga hora hindú. Luego, fui a orar al Museo del
Cabildo y después, a comulgar en lo de “Ña
Eustaquia”
donde probé una Sopa Paraguaya de la hostia. Ese domingo a las 13.30
debíamos almorzar en la Casa de España donde nos esperaba el
agregado cultural español que nos ofreció tapas. Gracias a “Ña
Eustaquia”
fui uno de los pocos que no estuvo voraz y que no participó en
ninguna de las avalanchas en el salón de la diplomática casa
española.
Volvamos
atrás, al sábado a las 20 horas. Como dije, ya me había bañado y
cambiado para ir a la cena de gala y mientras revisaba el correo
descubrí el spam que ofrecía “delivery” de delicias paraguayas.
Me llamó la atención el nuevo lenguaje electrónico usado en el
anuncio, ya que “so#@ #@r@w@&@” siginificaba Sopa Paraguaya;
“t==r” quería decir tereré; y “$#@” equivalía a Chipá.
Escribí un mail a la dirección indicada pidiendo 6
“$#@” y aclaraba que tenía poco tiempo para probar lo que sería
un aperitivo, ya que a las nueve de la noche tenía que asistir a una
cena. A los quince minutos el conserje, que al mismo tiempo que me
trataba de usted me tuteaba, me llamó para avisarme que había
llegado “tu pedido” y que por favor, bajara con U$S 18. Me
pareció un poco caro. No obstante, busqué un billete de 20 U$S
para dejar dos dólares de propina. Recibí “la cajita feliz” y
en el ascensor de regreso a mi cuarto se me hacía agua la boca
imaginando que al fin probaría chipás auténticos hechos con harina
de mandioca. Sin embargo, lo que había recibido del joven
motociclista fue una cajita de madera muy bien lustrada, que aún
conservo, con toscanos. Eran seis caños de marihuana de un tamaño
habano Cohiba Churchill. ¡Menos mal que el humo alcanzó para los
doscientos!


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