viernes, 22 de febrero de 2013

de CUCHARA, TENEDOR y CUCHILLO


de”Cuchara, tenedor y cuchillo”

Miroslav Scheuba nos convida acá con los más suculentos, picantes, sorprendentes e incitantes sabores, texturas y colores, basados en platos-palabras prolijamente dispuestos por orden alfabético. Del amaranto a los zapotes y zapotillas, Miroslav despliega su metafórico menú y con un paso extra de buen equilibrista sobre la cuerda floja, titula con los signos que más nos interpelan hoy en día –pesos, numeral, arroba– una breve crónica de los estimulantes vahos o el recuerdo de ellos que quizá lo acompañaron en el momento de trasladar las recetas de la marmita de su cacumen a la bandeja de la microliteratura en una degustación plena de exultante variedad.

Pero su munificencia no se limita a los textos. También nos brinda los instrumentos, implementos o herramientas –extrañamente llamados “cubiertos”– que empleó para preparar su sabroso menú. A saber :

La cuchara para no desperdiciar ni la más mínima gota de jugo significante.

El tenedor para pinchar cada palabra aromática y precisa, cazándola al vuelo.

El imprescindible cuchillo para cortar por lo sano y mantener estos escritos “eróticos, gastronómicos y despiadados” dentro del rigor impuesto por la muy demandante microficción misma, la que puede ser considerada la nouvelle cuisine de la narrativa.



Luisa Valenzuela

Las letras fueron palabra y relato. El placer que nace en los labios, madura en la boca y eclosiona en todo el ser, fue capturado por Miroslav Scheuba en sus treinta figuras literarias, más una yapa ciberespeciada que quiso tener también su sabor. El poeta aguzó su ingenio erótico para describir las formas de ciertos elementos, adjetivó e hizo metáfora, se regodeó en los nombres de la materia. Las letras bailaron su música, susurraron el ingrediente perverso que acompaña algunos festines del cuerpo, no le temió al sarcasmo y su gula fue codiciosa e insaciable. Por ahí, entre deleites culinarios se le deslizó el nombre de un postre: isla flotante. No, Miroslav, inventemos una mesa de postres, para verdaderamente flotar. Polvo de seda, suspiros dulces, lechecilla, mamones, memelitas de horno, bigotes de bien-me-sabe, ponteduro de plátano, huevos reales, panochitas, camote enmielado, jamoncillo de leche, besitos, novias, reinas, vinito con miel de hormiga, chongos, cochinitos, lechitas, limones rellenos, delicias todas de la dulcería mexicana. Y, para terminar, un café o un chocolate con un rompope de almendras, ese clásico licor de huevo en Argentina. Le dejo a usted Miroslav, la inquietud por averiguar cómo hacer estas delicias para después narrarlas.
Tununa Mercado
 
AMARANTO

Cuando nuestra abuela materna quedó viuda, se buscó un marido más joven y francés; tener una buena calidad de vida sexual era muy importante para ella. Sin embargo, después de un año de matrimonio, Galo comenzó a fallar. Mamina no se desesperó, se sabía buena cocinera, arte que le permitiría solucionar el asunto a la brevedad. El francés bien alimentado iba a mejorar, en caso contrario, estaba decidida volver a enviudar. Alguien le había hablado maravillas del amaranto andino, también conocido como amaranto inca o Kiwicha, un pseudo cereal que contiene más vitaminas y proteínas que la soja y que bien remojado, cocinado con caldo de carne y un bouquet garni serviría como un buen disparador espermatozoico. Fue así como comenzó a preparar tres veces por semana el plato libidinoso que los lunes era servido con apio y almendras tostadas; los miércoles, con nueces, polen y jalea real; y los viernes, acompañado de aceitunas y queso roquefort. La noche del primer sábado la dieta dio buenos resultados, no así el segundo, donde todo se vino abajo por más amaranto amorosamente preparado. Era probable que la fama de la dura y pequeña semilla, que es muy consumida en China, desde el punto de vista afrodisíaco fuera una leyenda más.

Ese junio fue uno de los meses más aburridos de su vida y entonces, Mamina decidió, como dicen los franceses, cambiar las ideas y en julio “pour changer les idées” viajarían a París. Nuestra abuela puso su libido en planificar el viaje y la primera semana de ese julio movilizador pasó volando. Cuando a media semana el francés le propuso practicar la lengua… Mamina no abandonó su idioma y habló con Galo a calzón quitado: los dos iban a esperar que llegara el 14 de julio para festejar esa fecha francesa con un gran coitus non interruptus en la ciudad luz. Nada fue dejado al azar y hasta en su necessaire de viaje todo estaría previsto, ya que amén de los remedios habituales como ácido acetilsalicílico para el dolor de cabeza, lotaradina para los estornudos y loperamida para la corredera, incluiría citrato de sildenafil para levantar la herramienta del francés. En las calles parisinas la gran noche llegó con música, bailes y desfiles. Gracias a la historia de Francia, Mamina y Galo pudieron festejar en grande la Toma de la Pastilla.




CARBONADA EN CALABAZA

En la patriótica ciudad de San Miguel de Tucumán siempre hay música, amor y trabajo. Las casi treinta señoritas que trabajaban en lo de doña Molina estaban dispuestas a formar compañía de baile folklórico y presentarse en el cabildo tucumano con número musical.

Era principio de marzo y hasta el 9 de julio, tenían tiempo para organizar la movida y ensayar gatos, chacareras y malambos. Ejercer el oficio más viejo del mundo no les impediría salir airosas en el desafío de presentar el proyecto a la Comisión de las Fiestas Oficiales de la Gobernación de la Provincia de Tucumán. El pedido en cuestión lo firmaron como trabajadoras sociales. Doña Molina, que tenía el desmayo difícil, cuando supo que sus pupilas bailarían frente a la Presidenta de la República el Día de la Independencia durante el cumpleaños de la Patria, se puso pálida, le bajó la presión y se desmayó. Cuando llegó la ambulancia, la doña se despertó, volvió en sí y comenzó a dar órdenes. Vio en el camillero y en el chofer de la ambulancia dos clientes con algo de dinero y los hizo pasar para que fueran atendidos con descuento.

Belisario Ledesma, ilustre rufián del Jardín de la República, patrón de la doña y dueño del inmueble donde funcionaba el quilombo, también se emocionó con lo del baile patriótico y prometió ayuda moral y financiera a sus chicas federales. Así las llamaba porque habían llegado desde de todas la provincias argentinas, aunque no pocas habían venido engañadas y otras tantas, sin documentación, y las menos, con pedido de captura o buscadas por el Departamento de Investigaciones de Ministerio del Interior del Gobierno Nacional; no obstante, para la policía tucumana, ellas no eran o no estaban. Ledesma sabía moverse con dádivas, disimulo y cautela. Lo importante era que no hubiera escándalos ni sangre para que el negocio funcionara al servicio de la clientela.

En abril las chicas ensayaban en el patio todos los lunes bajo la dirección de un joven profesor de folklore a quien pagaban en especie. El primer gran ensayo con público lo realizaron en la localidad de Tafí del Valle a total beneficio de una escuela rural. Ese lunes 25 de Mayo, fecha patria y feriado nacional, fue un debut promisorio. Una de las chicas de Buenos Aires había conseguido que un cliente generoso pusiera a disposición del grupo un modesto ómnibus que las llevó y las trajo de Tafí el mismo día. Otros clientes aportaron dinero para pagar el combustible; y otros, las vituallas. En esa presentación las chicas lucieron vestuario y calzado donado por la señora del gobernador, amén de unas largas carteras hechas con el mismo percal, prendas que al final del acto revolearon como sello propio del rubro callejero. Alguien bautizó al grupo como “Las chicas de los billetes” y bajo ese nombre, en junio y a pedido de la gobernación volvieron a presentarse ante un público expectante. El aplaudido evento se realizó en la cárcel para festejar el Día de la Bandera. La idea de adornar los vestidos con billetes de $ 50 y $ 100 fue de la doña. Los clientes se entusiasmaron en aportar papel moneda y hasta don Belisario colaboró en esa decoración.

El gran día llegó con júbilo y como el espectáculo estaba marcado para las 15 horas, a la una el cuerpo de baile ya estaba almorzando una deliciosa carbonada preparada con carne de ternera, cebolla, tomate, pimentón, papas, choclos, zanahoria y orejones de durazno, plato que fue servido en calabazas, las que previamente habían sido ahuecadas y cocinadas con algo de azúcar en el horno de barro que estaba en el patio y donde también se habían preparado empanadas tucumanas para el trayecto.

Una de las pupilas se había agenciado una damajuana de vino riojano que las puso más alegres que de costumbre. Sin tiempo para ninguna siesta, a las dos de la tarde se subieron al transporte del amigo, el que meses atrás las había acercado hasta Tafí del Valle. La doña vestida de seda y enjoyada se sentó cerca del chofer para seguir dando órdenes. En efecto, a los pocos minutos ordenó regresar a casa para ir al baño. Unos espantosos dolores de vientre le avisaban que los orejones de la carbonada querían salir galopando. –¡Que nadie se baje! fue la orden de la jefa que entró dando un portazo. Por la dosis de laxante involuntariamente ingerido, doña Molina iba a estar sentada un rato largo en el trono. Entonces, el bus en lugar de ir hacia el cabildo patriótico se dirigió hacia Monteros, un pueblo no lejano donde otro transporte, preparado para viajes de larga distancia, esperaba a las pasajeras con parientes masculinos avisados de antemano. Con destino a Buenos Aires, el ómnibus se llenó de abrazos, lágrimas y besos que recibieron a las bailarinas fugitivas. Después de kilómetros de alegría en la ruta, aún seguían contando la película y antes de pegar un ojo para intentar dormir algo, todavía tenían que enviar mensajes por teléfono, dar cuenta de las empanadas, brindar con lo que tenían a mano y con todas esas emociones juntas, entonar el Himno Nacional. En el Día de la Independencia y haciéndole honor a su nombre, ese 9 de Julio fue un día de buen provecho, el plan Calabaza había funcionado: “Calabaza, calabaza, cada una pa’ su casa”.



VENERACIÓN A LA VENEZOLANA

Joven, a última hora de la tarde y en una playa solitaria, tienes que enterrar en la arena una docena de ostras. Asegúrate de que no te las robe la marea. Cuando ya estén todas las estrellas puestas en el cielo, guardas en tu morral un pequeño y serio cuchillo y algunos alegres limones. Pasas a buscar a tu capullo y la llevas hasta esa playa solitaria porque te han dicho que unos piratas han estado escondiendo unos pequeños cofres con joyas. Ella se reirá hasta que encuentres las ostras. Entonces, abres una, le dejas caer unas gotas de limón y se la acercas hasta sus labios.
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XOCONOSTLES A LA XALAPEÑA


Hijo de una tuna azteca, el xoconostle en un tuno que pide azúcar para bailar salsa en una fiesta de Xalapa donde pinchará a una xoconostla.


ZAPOTES Y ZAPOTILLAS

Es increíble y asombrosa la inteligencia y el entusiasmo que ponen los mexicanos para entrar y salir de las cárceles en carros de lavandería, en muebles, valijas, barriles, ambulancias, ataúdes, laberintos y hasta en un helicóptero pintado con los colores del Regente de la ciudad que aterriza en el patio de la prisión, etc.



Hubo una escapatoria bastante ruidosa y polvorienta que aconteció en el Reclusorio Preventivo Varonil Norte que permitió que treinta convictos huyeran a los tiros. Cuando se investigó la balacera de la fuga, las autoridades carcelarias comprendieron porqué las visitas de los presos todas las semanas llegaban con abundante cantidad de variadas frutas. Las armas habían estado entrando al penal en sandías y melones, y las balas, con las vitaminas de las zapotillas y de los zapotes negros, blancos y amarillos. Desde entonces, a la entrada del reclusorio, un scaner los tiene siempre presentes con una nostalgia frutal por colores, sabores y perfumes.
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$#@”

Gracias haber sido invitado al congreso literario “Doscientos escritores, doscientos temas”, pasé un fin de semana en Asunción, donde nunca había estado; será por eso que a la ciudad la encontré bastante cambiada. Un poeta paraguayo que no había terminado de conocer en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires fue el responsable de mi participación y ese viernes a la tarde me buscó en el aeropuerto. Apenas nos dimos un abrazo, me puso en su auto y velozmente me llevó al Gran Hotel. No pudimos seguir conversando porque debía volver al aeropuerto a buscar más Nerudas y Neruditas que venían desde Chile en el último vuelo desde Santiago. En el hotel tuve tiempo para refrescarme y presentarme en el “Carmelitas Center” para la cena de bienvenida. Detesto la Edad Media y las monjas, pero no encontré ninguna en el restaurante que era atendido por camareras que trabajaban para el infierno.

Durante las milanesas nos pusimos al día con el programa y aunque ya lo habíamos recibido por correo, para nuestro mayor espanto, había sido corregido y aumentado. Mesas redondas, charlas, paneles, conferencias, presentación de libros y lecturas nos iban a “evangelizar” como a los guaraníes en el siglo XVII. Esa esclavitud no nos dejaría tiempo para visitar los lugares que hubiéramos querido. Además, un amigo periodista gastronómico me había preparado una lista de “imperdibles” donde podría probar platos regionales. Corté por lo sano, me declaré católico y me borré de una mesa de lectura que estaba pautada para el domingo a las diez de la mañana bajo la excusa de tener que asistir a misa. La ardua jornada del sábado nos volvió a todos protestantes y todavía nos faltaba concurrir a la cena de gala en el restaurante “Le Moustier,” donde comeríamos como pecadores gourmet. Para no dormirme como un budista, me bañé, me vestí y revisé mi correo por Internet. Allí encontré un spam con un aviso de bocados típicos paraguayos con entrega a adomicilio. Lo que probé lo dejaré para el final de este microrrelato. El domingo amaneció lloviendo y estuve en la catedral quince minutos, tiempo que en una iglesia con un dejo jesuítico equivale a una larga hora hindú. Luego, fui a orar al Museo del Cabildo y después, a comulgar en lo de “Ña Eustaquia” donde probé una Sopa Paraguaya de la hostia. Ese domingo a las 13.30 debíamos almorzar en la Casa de España donde nos esperaba el agregado cultural español que nos ofreció tapas. Gracias a “Ña Eustaquia” fui uno de los pocos que no estuvo voraz y que no participó en ninguna de las avalanchas en el salón de la diplomática casa española.

Volvamos atrás, al sábado a las 20 horas. Como dije, ya me había bañado y cambiado para ir a la cena de gala y mientras revisaba el correo descubrí el spam que ofrecía “delivery” de delicias paraguayas. Me llamó la atención el nuevo lenguaje electrónico usado en el anuncio, ya que “so#@ #@r@w@&@” siginificaba Sopa Paraguaya; “t==r” quería decir tereré; y “$#@” equivalía a Chipá. Escribí un mail a la dirección indicada pidiendo 6 “$#@” y aclaraba que tenía poco tiempo para probar lo que sería un aperitivo, ya que a las nueve de la noche tenía que asistir a una cena. A los quince minutos el conserje, que al mismo tiempo que me trataba de usted me tuteaba, me llamó para avisarme que había llegado “tu pedido” y que por favor, bajara con U$S 18. Me pareció un poco caro. No obstante, busqué un billete de 20 U$S para dejar dos dólares de propina. Recibí “la cajita feliz” y en el ascensor de regreso a mi cuarto se me hacía agua la boca imaginando que al fin probaría chipás auténticos hechos con harina de mandioca. Sin embargo, lo que había recibido del joven motociclista fue una cajita de madera muy bien lustrada, que aún conservo, con toscanos. Eran seis caños de marihuana de un tamaño habano Cohiba Churchill. ¡Menos mal que el humo alcanzó para los doscientos!

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