viernes, 22 de febrero de 2013

Un par de fábulas de ABECEDARIO FABULOSO

Un par de fábulas de
Abecedario Fabuloso
 
        Dice la Collier’s Encyclopedia, y ya sabemos que los norteamericanos a veces tienen razón, que la fábula es un relato breve que ilustra con animales, virtudes y vicios humanos. Estas ficciones culminan con lo que La Fontaine llamaba la moraleja. Miroslav Scheuba, en su “Abecedario Fabuloso”, retoma esta forma legendaria de pintarnos con ironía y conocimiento; hay mucho camino recorrido, diversos tipos humanos estudiados sin velos pero con cierta humana simpatía. A propósito de las moralejas escritas por Miroslav, las voy a tener en cuenta para mis próximas publicaciones.

Mónica Ottino

Las abejas y las arañas
 
Las arañas estaban cansadas de esperar un mundo mejor, para colmo de males, en sus telas sólo quedaban atrapadas moscas estúpidas. Sin darle más vueltas al asunto, estudiaron el panorama y llegaron a una conclusión: hacer negocios por Internet. Fue así como decidieron poner un aviso en la Web anunciando con bombos y platillos la inauguración de dos importantes agencias, una sentimental, donde los seres solitarios podrían encontrar pareja, y una de viajes. Ambas trabajarían en conjunto para que los enamorados a primera vista, luego de casados, pudieran viajar y disfrutar de una maravillosa luna de miel.
La primera en caer fue una abeja reina que andaba buscando un zángano como la gente. Su majestad no tuvo problemas para pagar los servicios de la agencia, ya que las arañas aceptaron de buena gana un panal con jalea real de reconocidas propiedades afrodisíacas. Colgados los anuncios en los portales, llegó el día señalado. Para demostrar que la cosa iba en serio y que tenía un principio de legalidad, el encuentro no sería nocturno sino matinal. Desde temprano se encontraron más de mil zánganos sobrevolando un galpón esperando que las campanas de una escuela dieran las doce, hora en que la abeja reina vestida de novia saldría volando hacia el cielo y sólo el zángano con mejor estado atlético sería el elegido para cumplir su papel de marido, siempre y cuando, la alcanzara y la poseyera en pleno vuelo.
Consumado el acto que legitimaba el matrimonio, volvieron al galpón de las arañas para retirar los pasajes y cupones de la estadía del viaje que ya estaba pagado, pero las sinvergüenzas habían desaparecido sin dejar rastros. La abeja reina y su príncipe consorte no se hicieron mayores problemas porque estaban muy felices. Cuando llegaron a la colmena, observaron entre las abejas obreras una gran preocupación: había desaparecido un panal con propóleos preparado como hormiguicida. En el apuro de cerrar el trato con las arañas, la abeja reina se había equivocado y en lugar de enviar un panal con jalea real, había enviado otro, el que faltaba.
Al final las arañas estafadoras tuvieron su merecido. En esa noche de juerga no sólo quedaron duros los araños con “la jalea real”, sino las que se creían muy vivas fueron detenidas acusadas de envenenamiento. Luego, fueron procesadas y durante el juicio, halladas culpables de asesinato agravado por el vínculo. No obstante, las arañas en la cárcel no se han quedado tranquilas, siempre están tejiendo algo nuevo. Condenadas a cadena perpetua, tienen tiempo de sobra para planificar una fuga de película. Mientras tanto, con otras internas han organizado un drugstore, una oficina de secuestros express y un taller literario.

Moraleja: Sutil el destino tejiendo redes ha unido a las arañas organizadas. 
 
 EL GALLO CANTOR Y LOS GANSOS PUNITIVOS

Todos los días a las cinco de la mañana el gallo cantor despertaba a toda la granja con frenética puntualidad. La fauna, dormilona y enojada, convocó a una asamblea con piquete y corte, acto al cual fueron invitados todos los animales, menos el despertador involuntario que los urgía a encontrar una solución. El consejo regional de esa junta agropecuaria reunido en una mesa de enlace, determinó dos medidas a tomar. La primera, serían los gansos quienes le pedirían al gallo que no cantara más. La segunda, si seguía despertando a todo el mundo como de costumbre, terminar con la opereta liquidando al tenor. Fueron inteligentes los animales con esta designación, ya que los gansos no sólo son bulliciosos sino bastante agresivos, violencia que está permitida desde que un granjero austriaco llamado Konrad Lorenz le dedicó muchos años a la etología. Así se llama la distracción de observar las costumbres y el comportamiento de los gansos. El granjero llegó a esta conclusión: ningún ganso es culpable de su mala conducta. Esta novedad fue publicada bajo el título “La agresión, ese pretendido mal”. Por esta y otras anotaciones, Konrad Lorenz en 1973 se ganó el premio mayor de la lotería sueca; lotería fundada por Alfred Nobel y legalmente autorizada.
Avisado el gallo que tenía que terminar con las presentaciones de su Ópera Cock, los gansos con aire autoritario se retiraron al rincón de su soberbia. Lo que había escuchado el lírico gallináceo había sido algo más que un aviso, había recibido una velada amenaza:
"Compañero gallo, queda usted notificado que en esta granja se ha conformado una especie de Ku Klux Klan, es decir, una sociedad secreta que ejercerá todo su poder contra la igualdad de derechos de los gallos cantores. Por ende, avise a todos sus colegas de granjas vecinas que si quieren cantar, lo pueden hacer cerca del medio día." A la mañana siguiente, con mayor fuerza y razón, todos los gallos cantaron a los cuatro vientos la persecución declarada. Con esta avanzada gremial los gansos se pusieron tan nerviosos que se atacaron entre ellos y tuvieron que consultar a un cisne psicólogo, quien como terapia de grupo los mandó de paseo. Evidentemente, era un profesional de la escuela lacaniana. Fue así como los gansos partieron de su granja –que estaba más o menos limpia– y no pararon hasta llegar a un basural. Un basural post-freudiano, como diría el mismísimo Lacan. Al final del recorrido entre la mugre, mientras el ganso tesorero graznaba diciendo que el pago de la consulta había sido plata tirada a la basura, otro ganso graznaba eufórico porque en el progresivo basural había encontrado media página de un diario. “¿Cuál es el motivo de tu euforia lingüística?” preguntó el histérico tesorero de los gansos. “¡Pues, aquí está la solución!” respondió mostrando los restos malolientes de una página de una revista que venía con un diario dominical. El tesorero se puso los lentes y leyó: Receta del Coq Au Vin.
¡Muy bien!, ¡por fin!” exclamaron los gansos al comprender el valor de la información encontrada y ahí no más limpiaron y recortaron los restos del periódico para llevarlo a la granja. Seguro que el agricultor se iba a entusiasmar con la gastronomía, esa delicada mezcla de ciencia eterna con arte efímero que inventaron los franceses y que con el tiempo se transformaría en un vulgar comercio, negocio apto para todo tipo de audaces –con preeminencia de rufianes– que tuvieran ganas de lucrar con el apetito de los poderosos y la debilidad de los hambrientos. La receta sedujo al granjero y dispuso que la ciencia y el arte estuvieran al servicio de su mesa. Llamó a su mujer, leyó en voz alta la lista de los ingredientes y se repartieron las tareas para cocinar el gallo al vino. Ella iría a la huerta para recolectar las hortalizas, mientras el iría por la presa principal. Cuando el emplumado cantante vio venir al nuevo gourmet con un reluciente cuchillo, se subió a un árbol y armó un escándalo. En flamante gourmet que ya había puesto a funcionar paladar y saliva imaginando el delicioso plato, retrocedió y luego, del galpón de las herramientas apareció con una escopeta y apretó el gatillo. Detrás del cañonazo cayó ruidosamente el gallo, quien ya desplumado y limpio de municiones fue cocinado a fuego lento con 3 zanahorias, 1 cebolla, 1 rama de apio, 200 g de champiñones, 200 g de cebollitas francesas, 2 dientes de ajo, 1 puerro y un ramillete de perejil, laurel y tomillo, más el agregado de una botella de vino borgoña de costo más que prudente. El producto del arte culinario resultó exquisito y el patrón premió a los gansos punitivos con todas las migas y sobras del manjar. Durante la sobremesa, en un clima de paz digestiva y provechosa, el granjero le prometió a su mujer que compraría cada domingo ese diario que revelaba los secretos de tanta felicidad. Para no ser menos que los famosos cocineros, en un rincón de su granja también cultivaría unas mentadas hierbas aromáticas.
La fusión y confusión de cocinas fue la responsable de que el paladar del matrimonio de granjeros fuera perdiendo su llanura, su doña Petrona, su chimichurri y su guitarra al pie. Se alejaron de churrascos y chinchulines, del puchero y del caldo. Por culpa de la televisión carismática, empezaron a abusar del Casancrem. Cambiaron galletas de campo por galletitas integrales, el agua de pozo, por agua mineral, y el “Vino Fino Borgoña” por lujosos vinos varietales. Tanta curiosidad dominguera les reveló el desconocido sabor de algunos frutos de mar durante una temporada que terminó en el hospital más cercano. Allí, se la vieron negra para curar una intoxicación causada por langostinos “frescos”. Por otro lado, el impune periodismo de cebollas y sartenes siguió entregando una dosis semanal de peligrosa información y causó un estrago de lágrimas y quejidos en los hogares de lechones y terneras, como también provocó un verdadero drama de huérfanos en la familia de los faisanes. Y ni que hablar de la tragedia de plumas que se armó ese fin de semana cuando salió publicada la receta del foie gras. Los granjeros prepararon el paté con los hígados de todos los gansos, cuyas plumas desde distintas almohadas y edredones, cada tanto se escapan sólo para contar aquel revuelo.
Moraleja: ojo con Lacan y ojo con tirar los diarios a la basura, más de alguien puede morir.

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