Un
par de fábulas de
Abecedario
Fabuloso
Dice
la Collier’s Encyclopedia, y ya sabemos que los norteamericanos a
veces tienen razón, que la fábula es un relato breve que ilustra
con animales, virtudes y vicios humanos. Estas ficciones culminan con
lo que La Fontaine llamaba la moraleja. Miroslav Scheuba, en su
“Abecedario Fabuloso”, retoma esta forma legendaria de pintarnos
con ironía y conocimiento; hay mucho camino recorrido, diversos
tipos humanos estudiados sin velos pero con cierta humana simpatía.
A propósito de las moralejas escritas por Miroslav, las voy a tener
en cuenta para mis próximas publicaciones.
Mónica
Ottino
Las abejas y las arañas
Las
arañas estaban cansadas de esperar un mundo mejor, para colmo de
males, en sus telas sólo quedaban atrapadas moscas estúpidas. Sin
darle más vueltas al asunto, estudiaron el panorama y llegaron a
una conclusión: hacer negocios por Internet. Fue así como
decidieron poner un aviso en la Web
anunciando con bombos y platillos la inauguración de dos importantes
agencias, una sentimental, donde los seres solitarios podrían
encontrar pareja, y una de viajes. Ambas trabajarían en conjunto
para que los enamorados a primera vista, luego de casados, pudieran
viajar y disfrutar de una maravillosa luna de miel.
La
primera en caer fue una abeja reina que andaba buscando un zángano
como la gente. Su majestad no tuvo problemas para pagar los servicios
de la agencia, ya que las arañas aceptaron de buena gana un panal
con jalea real de reconocidas propiedades afrodisíacas. Colgados los
anuncios en los portales, llegó el día señalado. Para demostrar
que la cosa iba en serio y que tenía un principio de legalidad, el
encuentro no sería nocturno sino matinal. Desde temprano se
encontraron más de mil zánganos sobrevolando un galpón esperando
que las campanas de una escuela dieran las doce, hora en que la abeja
reina vestida de novia saldría volando hacia el cielo y sólo el
zángano con mejor estado atlético sería el elegido para cumplir su
papel de marido, siempre y cuando, la alcanzara y la poseyera en
pleno vuelo.
Consumado
el acto que legitimaba el matrimonio, volvieron al galpón de las
arañas para retirar los pasajes y cupones de la estadía del viaje
que ya estaba pagado, pero las sinvergüenzas habían desaparecido
sin dejar rastros. La abeja reina y su príncipe consorte no se
hicieron mayores problemas porque estaban muy felices. Cuando
llegaron a la colmena, observaron entre las abejas obreras una gran
preocupación: había desaparecido un panal con propóleos preparado
como hormiguicida. En el apuro de cerrar el trato con las arañas,
la abeja reina se había equivocado y en lugar de enviar un panal con
jalea real, había enviado otro, el que faltaba.
Al
final las arañas estafadoras tuvieron su merecido. En esa noche de
juerga no sólo quedaron duros los araños con “la jalea real”,
sino las que se creían muy vivas fueron detenidas acusadas de
envenenamiento. Luego, fueron procesadas y durante el juicio,
halladas culpables de asesinato agravado por el vínculo. No
obstante, las arañas en la cárcel no se han quedado tranquilas,
siempre están tejiendo algo nuevo. Condenadas a cadena perpetua,
tienen tiempo de sobra para planificar una fuga de película.
Mientras tanto, con otras internas han organizado un
drugstore,
una oficina de secuestros express
y un
taller literario.
Moraleja:
Sutil el destino tejiendo redes ha unido a las arañas organizadas.
EL GALLO CANTOR Y LOS GANSOS PUNITIVOS
Todos
los días a las cinco de la mañana el gallo cantor despertaba a toda
la granja con frenética puntualidad. La fauna, dormilona y enojada,
convocó a una asamblea con piquete y corte, acto al cual fueron
invitados todos los animales, menos el despertador involuntario que
los urgía a encontrar una solución. El consejo regional de esa
junta agropecuaria reunido en una mesa de enlace, determinó dos
medidas a tomar. La primera, serían los gansos quienes le pedirían
al gallo que no cantara más. La segunda, si seguía despertando a
todo el mundo como de costumbre, terminar con la opereta liquidando
al tenor. Fueron inteligentes los animales con esta designación, ya
que los gansos no sólo son bulliciosos sino bastante agresivos,
violencia que está permitida desde que un granjero austriaco llamado
Konrad Lorenz le dedicó muchos años a la etología. Así se llama
la distracción de observar las costumbres y el comportamiento de los
gansos. El granjero llegó a esta conclusión: ningún ganso es
culpable de su mala conducta. Esta novedad fue publicada bajo el
título “La
agresión, ese pretendido mal”.
Por esta y otras anotaciones, Konrad Lorenz en 1973 se ganó el
premio mayor de la lotería sueca; lotería fundada por Alfred Nobel
y legalmente autorizada.
Avisado el gallo que
tenía que terminar con las presentaciones de su Ópera
Cock,
los gansos con aire autoritario se retiraron al rincón de su
soberbia. Lo que había escuchado el lírico gallináceo había sido
algo más que un aviso, había recibido una velada amenaza:
"Compañero
gallo, queda usted notificado que en esta granja se ha conformado una
especie de Ku Klux Klan, es decir, una sociedad secreta que ejercerá
todo su poder contra la igualdad de derechos de los gallos cantores.
Por ende, avise a todos sus colegas de granjas vecinas que si quieren
cantar, lo pueden hacer cerca del medio día."
A la mañana siguiente, con mayor fuerza y razón, todos los gallos
cantaron a los cuatro vientos la persecución declarada. Con esta
avanzada gremial los gansos se pusieron tan nerviosos que se atacaron
entre ellos y tuvieron que consultar a un cisne psicólogo, quien
como terapia de grupo los mandó de paseo. Evidentemente, era un
profesional de la escuela lacaniana. Fue así como los gansos
partieron de su granja –que estaba más o menos limpia– y no
pararon hasta llegar a un basural. Un basural post-freudiano, como
diría el mismísimo Lacan. Al final del recorrido entre la mugre,
mientras el ganso tesorero graznaba diciendo que el pago de la
consulta había sido plata tirada a la basura, otro ganso graznaba
eufórico porque en el progresivo basural había encontrado media
página de un diario. “¿Cuál es el motivo de tu euforia
lingüística?” preguntó el histérico tesorero de los gansos.
“¡Pues, aquí está la solución!” respondió mostrando los
restos malolientes de una página de una revista que venía con un
diario dominical. El tesorero se puso los lentes y leyó: Receta
del Coq Au Vin.
“¡Muy
bien!, ¡por fin!” exclamaron los gansos al comprender el valor de
la información encontrada y ahí no más limpiaron y recortaron los
restos del periódico para llevarlo a la granja. Seguro que el
agricultor se iba a entusiasmar con la gastronomía, esa delicada
mezcla de ciencia eterna con arte efímero que inventaron los
franceses y que con el tiempo se transformaría en un vulgar
comercio, negocio apto para todo tipo de audaces –con preeminencia
de rufianes– que tuvieran ganas de lucrar con el apetito de los
poderosos y la debilidad de los hambrientos. La receta sedujo al
granjero y dispuso que la ciencia y el arte estuvieran al servicio de
su mesa. Llamó a su mujer, leyó en voz alta la lista de los
ingredientes y se repartieron las tareas para cocinar el gallo al
vino. Ella iría a la huerta para recolectar las hortalizas, mientras
el iría por la presa principal. Cuando el emplumado cantante vio
venir al nuevo gourmet con un reluciente cuchillo, se subió a un
árbol y armó un escándalo. En flamante gourmet que ya había
puesto a funcionar paladar y saliva imaginando el delicioso plato,
retrocedió y luego, del galpón de las herramientas apareció con
una escopeta y apretó el gatillo. Detrás del cañonazo cayó
ruidosamente el gallo, quien ya desplumado y limpio de municiones fue
cocinado a fuego lento
con
3 zanahorias, 1 cebolla, 1 rama de apio, 200 g de champiñones, 200 g
de cebollitas francesas, 2 dientes de ajo, 1 puerro y un ramillete
de perejil, laurel y tomillo, más el agregado de una botella de vino
borgoña de costo más que prudente. El producto del arte culinario
resultó exquisito y el patrón premió a los gansos punitivos con
todas las migas y sobras del manjar. Durante la sobremesa, en un
clima de paz digestiva y provechosa, el granjero le prometió a su
mujer que compraría cada domingo ese diario que revelaba los
secretos de tanta felicidad. Para no ser menos que los famosos
cocineros, en un rincón de su granja también cultivaría unas
mentadas hierbas aromáticas.
La fusión y
confusión de cocinas fue la responsable de que el paladar del
matrimonio de granjeros fuera perdiendo su llanura, su doña Petrona,
su chimichurri y su guitarra al pie. Se alejaron de churrascos y
chinchulines, del puchero y del caldo. Por culpa de la televisión
carismática, empezaron a abusar del Casancrem.
Cambiaron galletas de campo por galletitas integrales, el agua de
pozo, por agua mineral, y el “Vino Fino Borgoña” por lujosos
vinos varietales. Tanta curiosidad dominguera les reveló el
desconocido sabor de algunos frutos de mar durante una temporada que
terminó en el hospital más cercano. Allí, se la vieron negra para
curar una intoxicación causada por langostinos “frescos”. Por
otro lado, el impune periodismo de cebollas y sartenes siguió
entregando una dosis semanal de peligrosa información y causó un
estrago de lágrimas y quejidos en los hogares de lechones y
terneras, como también provocó un verdadero drama de huérfanos en
la familia de los faisanes. Y ni que hablar de la tragedia de plumas
que se armó ese fin de semana cuando salió publicada la receta del
foie
gras.
Los granjeros prepararon el paté con los hígados de todos los
gansos, cuyas plumas desde distintas almohadas y edredones, cada
tanto se escapan sólo para contar aquel revuelo.
Moraleja:
ojo con Lacan y ojo con tirar los diarios a la basura, más de
alguien puede morir.



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